Busca regresar a La Concordia, Chiapas luego de 30 años.

Abuelo-que-regresa-a-Chiapas

Silvano Bautista Ibarias/Debatetuespacio.mx

Armando Hernández López salió de Chiapas hace más de tres décadas para ir en busca del “sueño americano” pero el destino le tenía preparado algo distinto. Su esposa y sus 4 hijos se quedaron en espera de un padre que nunca pudo regresar y que hoy, a sus 76 años de edad, vive recluido en un asilo de ancianos en Chihuahua, donde se enfrenta no solo a las enfermedades sino a la soledad y quizá al remordimiento por haberse ido y a las ganas de volver que lo atacan continuamente.

Acompañado por un viejo aparato de radio donde la voz de José Alfredo Jiménez dice que “la vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba”, Armando pasa sus horas recostado en una cama desde donde mira a la cama vecina donde hace poco murió un compañero.

“La vida es un sueño y los sueños no valen nada, ¿a poco no?” dice mientras sus ojos se pierden en el recuerdo de años mejores. “Me fui primero a Durango y allá estuve un tiempo trabajando pero el trabajo se terminó y luego unos amigos me invitaron a irme para el otro lado. Decidí hacerlo, al fin ya faltaba poco”.

Esta historia, estampada en el rotativo, “Diario de Chihuahua” señala que Convencido de que cruzar a la unión americana era lo mejor, emprendió el viaje y llegó a Ascensión, donde los compañeros de travesía le dijeron que “en un ratito volvían que los esperara bajo un árbol” y “no fue un poste ni me quedé abrazado como dice la canción, pero sí estuve mucho tiempo esperándolos junto al árbol y nunca regresaron por mí”.

Armando limpia las lágrimas, hace silencios como si quisiera robarle al tiempo los minutos. Sus ojos, liberados apenas de las cataratas, vuelven a mirar hacia la cama vacía donde la muerte estuvo presente. “Yo no pensé bien las cosas entonces y creí que iba a lograr algo bueno pero ha sido todo lo contrario”, dice con voz apenas audible. Un nuevo silencio da paso a la voz de Javier Solís que le canta a la luna en sus desvelos.

Luego de ser abandonado en Ascensión, Armando consiguió empleo en los campos agrícolas de la región pizcando chile donde permaneció poco más de una década tratando de reunir dinero para regresar a su tierra.

“Cada vez que me pagaban le daba un poco de dinero al patrón para que me lo guardara; no quería gastármelo y creí que si él lo tenía sería mejor”. No fue así. Un día, mientras realizaba las labores diarias de la jornada, sufrió la mordedura de una viuda negra en la mano izquierda por lo que fue necesario llevarlo al hospital de Casas Grandes para ser atendido pero al no contar con ningún familiar y al ser ya un adulto mayor, fue canalizado al DIF y éste a su vez lo envió a un asilo de esta ciudad.

“Llegué aquí hace tres años y quisiera irme a mi tierra a buscar a mi familia pero no puedo, porque no sé nada de ellos y porque tengo una pierna quebrada desde hace mucho y no se quiere componer”, dice Armando y recuerda que el nombre de su esposa era Eunice Morales Robledo y tenía tres hijas mujeres y un hombre.

La nostalgia lo traiciona y sus ojos se humedecen. Armando baja la mirada, señala la silla de ruedas que lo espera a un costado de la cama para llevarlo a tomar el sol en el pasillo. Hablar con los compañeros no es suficiente aunque a veces sirve para calmar la tristeza.

“La vida en Chiapas era difícil, sembraba maíz y arroz y apenas sobrevivíamos en un lugar que se llamaba Benito Juárez. No puedo decirle el nombre de la calle o el número porque en ese tiempo no tenían numeraciones. Yo me vine a trabajar pensando en que iba a regresar pero no se me dio y cuando me acuerdo de mis hijos a veces me gana la tristeza y me dan ganas de llorar pero me aguanto, total, llorar no me sirve de nada. La vida vale cuando estamos jóvenes pero cuando nos hacemos viejos solo vamos para atrás y para atrás. Me acuerdo mucho de mi gente y me arrepiento de haberme ido pero ya no me sirve de nada, no puedo regresar el tiempo”.

La esperanza de volver con su familia se aleja cada vez más, se esfuma igual que la propia existencia o las letras de las canciones que Armando escucha, con la radio pegada al oído para saber si en algún momento José Alfredo dice algo diferente. Eso no pasa.

Nombre: Enoc Armando Hernández López
Edad: 76 años
Originario de Chiapas
Esposa: Eunice Morales Robledo

Hijos: Gloria, María de Jesús, Esther y Enoc Hernández Morales.