Chiapas y el magisterio


Antilogía

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Por: Ricardo Monreal

Twitter: @RicardoMonrealA

El sureste mexicano ha sido el Waterloo de prácticamente todos los proyectos de modernización económica que se han querido imponer de manera unilateral y centralizadamente, desde el porfiriato hasta nuestros días.

Considerada una región especialmente rica en recursos naturales (proveedora de la mayor parte de la energía y de los recursos agropecuarios que se consumen en el centro, occidente y norte del país, en ese orden), el sureste pinta de rojo las cuentas nacionales en materia de pobreza, desigualdad, derechos humanos, salud, vivienda, alimentación, infraestructura industrial, competitividad económica y educación.

Este desfase estructural del sureste mexicano (integrado por zonas rurales y urbanas de nueve estados: sur de Veracruz, Tabasco, Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas) se recrudece y potencia en períodos de crisis económicas nacionales, como la que estamos experimentando en este momento.

Al ser destinataria de 42 de cada 100 pesos que la Federación invierte en el territorio nacional y al depender altamente la inversión privada del gasto público federal, cualquier recorte y reasignación de recursos públicos impacta de manera directa el desarrollo económico y la estabilidad social del sureste mexicano.

No es fortuito que el mayor porcentaje de los nuevos pobres y de los focos rojos en términos de riesgos a la estabilidad social y política del país se estén registrando en este momento en el sureste mexicano, presionado adicionalmente por la emigración centroamericana.

Sobre este polvorín social se está intentando imponer desde el altiplano, de manera unilateral y autoritaria, una reforma educativa que inició por el lado más controversial de la misma: la relación laboral entre maestros y gobierno; entre empleados y patrón.

Lo paradójico es que buena parte de la “modernización” social y económica del sureste impulsada por el Estado mexicano en el período 1940-1990 se hizo con los maestros. La alianza gobierno-magisterio permitió combatir cacicazgos rurales, fanatismos religiosos, atraso educativo y tecnológico, y dar sentido de pertenencia e integración al sureste respecto al resto de la nación mexicana.

Hoy es al revés. La reforma educativa considera a los maestros del sureste un obstáculo a superar. Se considera que la educación de calidad podrá sacar al sureste del atraso secular (planteamiento correcto), pero esto implica empezar por modificar el marco laboral gobierno-maestros (estrategia incorrecta).

Más que Oaxaca, Chiapas puede ser el epicentro de un nueva revuelta social, equiparable a la del EZLN. El caldo de cultivo es impresionantemente explosivo: la emigración centroamericana, diásporas religiosas locales, conflictos agrarios, organizaciones guerrilleras regionales y células terroristas islámicas que buscan traspasar esa porosa frontera.

Hasta el momento, el gobernador Manuel Velasco se ha manejado de manera prudente en este polvorín. Contiene, pero no reprime. Negocia, sin rendir la plaza. Mantiene los límites, sin llegar a la intolerancia.

La tolerancia en momentos de crisis es una obligación para el gobernante, aunque esté de por medio su prestigio o fama pública. En Michoacán hay quema de autobuses y presos políticos. En Oaxaca y Guerrero la tensión social no cesa, como en todo el país donde la inconformidad aflora. Y Chiapas es el lugar más fértil para que la irrupción social se expanda de manera inexorable.

 

ricardomonreala@yahoo.com.mx