Se mueve el ajedrez chiapaneco hacia el 2018

Sarelly Martínez Mendoza

El accidentado informe de Roberto Albores Gleason en el estadio del recién descendido Jaguares ha dibujado el escenario para la elección a gobernador en el 2018.

Un Albores Gleason debilitado, como quedó después de los tropiezos de no llenar el Estadio Zoque pese al acarreo de beneficiarias de Prospera, es incapaz de forzar a una alianza de su partido con el Verde, Mover a Chiapas o Chiapas Unido.

Y el PRI (429 mil 969 votos en 2015) en solitario no tiene posibilidad alguna de que ganar la gubernatura de Chiapas, pues alcanzaría, si acaso, unos 500 mil votos, cuando el candidato triunfante deberá sumar al menos 700 mil sufragios.

Su candidatura en el PRI, tampoco es segura, al emerger francotiradores de todos los costados que cuestionan su liderazgo y lo culpan de haber acabado con la antigua unidad tricolor. Lo más probable, sin embargo, es que logre postularse como candidato, un candidato comparsa, desde luego. Otro tropiezo sería bien capitalizado por el siempre incombustible José Antonio Aguilar Bodegas.

El gran beneficiario de la lucha de feudos en el PRI es Eduardo Ramírez Aguilar quien se perfila para encabezar una alianza de partidos en busca de la gubernatura por Chiapas, y en esa alianza, no se puede descartar que sume al tricolor.

Aun cuando eso no sucediera, le sería suficiente contar con el apoyo del PVEM (701 mil 324 votos en 2015), Mover a Chiapas (181,021), Chiapas Unido (212, 365), y posiblemente, del PAN (120,673) y del PRD (117,715), que aunque suman pocos votos, le permitirían presentarse como un candidato diferente a la clase política banal impulsada por el Verde.

ERA, como le dicen al heredero natural de Manuel Velasco, deberá cometer varios errores, tan mayúsculos como los de Albores Gleason, para bajarse de ese caballo ganador con el que cabalga hacia el 2018.

Por lo pronto, para que no se le vincule solo al Verde, promueve Jaguar Negro.

Morena (114 mil 74 votos en 2015) podría convertirse en un partido desestabilizar del actual ecosistema político chiapaneco, pero debe apostar por un buen candidato y construir estructuras municipales y regionales, hoy inexistentes.

Lo cómodo para el gobernador Manuel Velasco Coello sería que ocupara la candidatura uno de sus allegados, como Rutilio Escandón Cadenas, ya que la unción de Zoé Robledo o Luis Armando Melgar desorganizaría un tanto sus planes, porque se enfrentaría a lo inesperado, con un crecimiento factible de Andrés Manuel López Obrador.

Francisco Rojas Toledo tiene muy acotado su territorio a Tuxtla y su popularidad no se multiplica a otros municipios chiapanecos. Si Paco decide lanzarse a la presidencia se le vería casi como una reparación a sus derechos después del robo que sufrió en las elecciones de 2015. Extrapolar la simpatía tuxtleca a zonas rurales, en donde el voto se disputa bajo otros intereses y condiciones, será un ejercicio de derrota anticipada.

En un Chiapas que requiere de grupos que promuevan, vigilen y contabilicen el voto, las candidaturas independientes no son viables, aun cuando contienda Rómulo Farrera, el empresario que domina las preferencias electorales para la gubernatura en Tuxtla Gutiérrez, en donde es conocido, pero no en el territorio del Chiapas profundo.